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Benditas almas

El frío de la noche de finales de junio era ideal para pasar horas charlando en un lugar que conservara algo de calor. El bar del barrio parecía ser el espacio indicado para eso. El Chino y la vieja Rosaura así lo habían entendido.

Él era un laburante que vivía de mercado en mercado cargando y descargando frutas y verduras; ella una señora sesentona, gorda y desdentada, famosa por sus prácticas umbandistas, hecho por el que se la conocía como “la bruja del barrio”.

Quienes la trataron aseguran que mala no era, y que más que ofenderse por el apodo lo que hacía era sentir pena por la ignorancia ajena. Siempre paraba en el bar, era un parroquiano más.

Al Chino lo conocía de jovencito, cuando él recién se iniciaba en el mundo de la noche y la bohemia, ese ambiente de aliento alcohólico permanente y de penas, que por algunos minutos, los que dura el vaso lleno, se diseminan en el aire como el humo de los tabacos que uno tras otro van quemando sus habitantes. Después le había perdido el rastro, tras surgirle un trabajo bien remunerado -para un changarín- en el Mercado Modelo de Montevideo. De eso habían pasado más de 15 años y ahí estaban, otra vez, frente a frente acodados en el mismo mostrador.

Hasta antes de irse a la capital el Chino era un mincho. Su pasado estuvo plagado de problemas devenidos de su rebeldía adolescente. Abandonó el liceo, se vinculó más al consumo de cualquier droga que se le cruzara, tuvo cientos de discusiones fuertes con sus viejos que muchas veces terminaron por dejarlo fuera de la casa durante varios días, alguna que otra vez robó y los lunes era recurrente verlo con la cara llena de moretones y cortes, consecuencia de las peleas que durante el fin de semana lo tenían como protagonista en el baile, la cancha o en cualquier bar en el que con su barrita de amigos se pasaran de copas.

La noche en la que hablaba con la vieja Rosaura era otro. Se había casado, tenía dos hijos y su situación era estable. Había comprado un terrenito cerca de la zona del Molino y ahí, como pudo, levantó un par de piezas con un baño. De apoco iba armando su casita y gracias a los buenos precios a lo que conseguía frutas y verduras había podido armar un pequeño puesto que delante de la misma casa atendía su esposa.

Al bar había caído invitado por el Cabeza, al que hacía un montón no veía. Como el Chino ya no tomaba como antes aguantó mucho más tiempo lúcido. Su contertulio hacía rato largo se había dormido en un rincón.

La vieja Rosaura andaba a la vuelta, como siempre, cuando desde la calle vio por la ventana que adentro del bar estaba el Chino y no dudó en entrar para saludarlo. Él, al verla, dibujó una sonrisa gigante y entre besos y abrazos la invitó a tomar un vino cortado, como a ella le gustaba.

Todos los parroquianos los veían desde lejeitos. Nadie interrumpía. La cumbia que salía de los parlante de un grabador aparatoso mezclado con las charlas subidas de tono, los gritos, los vasos y las bolas de billar chocando entre sí, parecía hacer inaudible para los demás el diálogo que tenía al Chino como actor principal y a la vieja Rosaura como partner, con la mirada fija en su rostro, asintiendo con la cabeza y emitiendo, cada tanto, algún que otro “Sí…sí…”, como señal de que estaba prestando suma atención al cuento del hombre, que para ella no dejaba de ser aquel adolescente revoltoso.

Al parecer nadie los escuchaba, pero en los tumultos siempre hay alguna oreja curiosa atenta. En este caso esa oreja era del Gato, un viejo flaco y alto, jubilado y de ojos azules que vivía en las afueras de San José de Mayo y siempre paraba en el bar a tomar hasta bien entrada la noche. Su figura contra el mostrador se asemejaba a los juncos de los arroyos, encorvada y sin gracia, como en una especie de somnolencia permanente.

Aquella noche el Chino había quedado con su espalda  contra la pared, Rosaura estaba frente a él y, casi que tocando la espalda de la vieja estaba la de un aparente Gato en pedo. En realidad el veterano era más lo que se hacía que lo que estaba.

Con esa técnica lograba captar un montón de charlas y sus respectivos chusmerios, los que, días después, contaba con lujo de detalles a su barrita de amigotes, viejos timberos, borrachos y viudos o solterones que también llegaban al bar.

Por aquellos tiempos jóvenes, el Chino se movía a todos lados con su primo “Seba” y tres amigos: “el Pájaro”, “Richard” y “el Cabeza”. A donde se movía uno iba el resto. Si tocaban a uno los tocaban a los cinco. El Chino, el Seba y el Pájaro tenían la misma edad, 17 años; Richard era el menor con 15 años y el Cabeza se había integrado al grupo pese a sus casi 20 años. Eran inseparables.

Un sábado a la noche, mientras estaban en el Terremoto Bailable, un local donde se pasaba mucha música tropical y era recurrente que los ánimos se caldearan, se encontraba la barra de amigos tomando cerveza, haciendo chistes y tratando de conquistar a alguna mina.

A medida que las botellas se vaciaban el ímpetu en procura de esas conquistas se acrecentaba. Ya se les había dado por mandar manotazos a las nalgas de casi todas las chicas que pasaban frente a ellos y no les daban bolilla. El Seba era el más sacado de todos. Para peor, cuando se mamaba le salía el guapo y cualquier cara  que lo mirara medio feo ya era una invitación a pelear.

El Cabeza era el que estaba mejorcito, y aun así denotaba un estado etílico avanzado. Él había frenado al Seba un par de veces, pero al final pasó lo que casi todos los fines de semana…

Casi cayéndose, el Seba agarró del brazo a una chica bajita de pelo largo y negro, de lo que no se percató era que la joven venía acompañada por un flaco alto que no dudó en empujar al agresor de su novia golpeándole el pecho con su mano abierta. El Seba reculó, pero lejos de amedrentarse agachó la cabeza y salió para adelante tirando piñazos a los cuatro vientos. Cuando tomaba parecía que peleaba mejor, era como que no sentía los golpes que le daban. Cuando se mandaba merca era aún peor, pero esa noche no había inhalado.

Apenas los dos amigos del flaco amagaron con meterse, del otro lado saltaron el Chino, Richard, el Pájaro y el Cabeza. Varios minutos pasaron para que los guardias de seguridad pudieran separarlos a todos. Había mucha sangre de narices y bocas rotas…de un lado y del otro.

Sebastián era uno de los que estaba más destruido, pero peor le había ido al flaco con el que se había trenzado, ya que a él sus dos amigos tuvieron que sacarlo noqueado y abanicarlo un rato sobre las baldosas de la vereda.

El Chino y el resto salieron minutos después empujados por unos ocho guardias de seguridad. Una vez afuera caminaron por calle 18 de Julio rumbo a la plaza de los Treinta y Tres Orientales, en pleno centro de la ciudad de la ciudad.

En ese trayecto de no más de 50 metros, fueron varias las veces que uno de los amigos del flaco al que minutos antes el Seba había desmayado gritó con voz desafiante: “¡San José es chico. Ya nos vamos a cruzar mano a mano y ahí van a ver putos de mierda! ¡Ya sabemos quiénes son maricones!”

El Seba quería seguirla, pero el resto no lo dejó. Ya no daba para arriesgarse a terminar la noche en el calabozo. ¡Otra vez! No, no daba. Además la novia del tipo y sus amigas no paraban de chillar como canchos, llorando y puteando a los de seguridad porque ellos no tenían nada que ver con el origen del quilombo.

Días después se enteraron que los del lío eran de Las Pierdas, una ciudad que está en el vecino departamento de Canelones, que limita con San José por el Este.

Las semanas siguientes no hubo mayores novedades. Después de eso el Chino cumplió la mayoría de edad, le salió el trabajo en el Mercado Modelo de Montevideo y sus visitan a San José fueron mucho más esporádicas.

Su primo Seba siguió en la rosca de la joda, viviendo siempre al borde de la cornisa de lo correctamente social. Esas imprudencias lo llevaron al peor desenlace.

Una madrugada volvía muy borracho de un baile de escuela rural conduciendo una moto de mediana cilindrada por un camino de tierra. Como acompañantes traía al Pájaro y al Richard, el menor de los amigos, sentado en el medio. No llevaban cascos pese a que la velocidad que traían era digna de una competición.

Los primeros kilómetros los hicieron zigzagueando, y más de una vez Sebastián debió apoyar sus pies en el piso para evitar caer al pavimento. Desde que salieron de la escuelita donde se hacía el baile varios les habían vaticinado un mal final de noche…pero pocos imaginaron qué tan terrible sería.

La moto venía al mango levantando polvareda. La noche era oscura y la luz de la Kawasaki apenas alumbraba unos pocos metros para adelante.

  -¡Andá más suave! – le imploraba el Pájaro que poniendo sus manos para atrás se sujetaba con fuerza de la parrilla del asiento. Richard no decía nada, iba acurrucadito en el medio de los dos haciendo fuerza para no vomitar por todo lo que había tomado en el baile.

El Seba no escuchaba y más aceleraba. Las liebres, con los ojos encendidos, se le cruzaban por delante espantadas. El ruido de la moto rompía el silencio de la madrugada en el campo. Los teros se alborotaban y hasta las vacas que estaban contra los alambrados levantaban la cabeza sorprendidas por el estrepitoso pasar de la moto y sus tres ocupantes.

El conductor parecía relamerse de la emoción cuando vio que la aguja del cuenta-kilómetros marcaba 110.

– ¡Mirá puto, 110! – Gritó con fuerza, como si supiera que eso sería lo último que pronunciaría en su vida.

Cuando levantó la mirada para fijarla nuevamente al frente ya era demasiado tarde, una curva pronunciada se le había venido encima. Sólo sintió como las hebras metálicas del alambre se le incrustaban y cortaban la piel de sus manos. Sintió el golpe seco contra un poste añejo de ñandubay y después de eso ya no sintió más nada.

El Pájaro, como haciéndole honor a su apodo, salió volando por el aire dando un golpe seco contra el piso de tierra. Le sangraban las orejas. Se paró, dio unas vueltas como zombie y cayó desplomado. Inmóvil, con la moto sobre su cuerpo, Richard sentía que algo frío le empezaba a correr por debajo de la cabeza. Pese al polvo levantado en el  accidente y la oscuridad de la noche pudo ver que su amigo quedó inerte sobre el suelo. Se angustió, trató de gritar pero apenas podía emitir unos gemidos. Finalmente entró en estado de inconsciencia. Despertó varios días después en la cama del hospital de Clínicas en Montevideo,  entubado y lleno de cables. Sus familiares esperaron para darle la terrible noticia, cosa que hicieron dos semanas más tarde, cuando él mismo –que había presentado una mejoría considerable- les preguntó por Seba y el Pájaro. No fue necesario decirle nada, las miradas bajas de su madre y novia con los ojos llenos de lágrimas lo decían todo. Richard también empezó a derramar algunas lágrimas. Horas después él mismo contó fragmentos de aquella noche en la que los tres venían en la moto, muy pasados de copas.

Desde aquel día en que le confirmaron que sus dos amigos habían muerto su estado de salud comenzó a registrar un retroceso que inquietaba a los médicos y desesperaba a su familia. El infarto que sufrió seis días después se le atribuyó a las lesiones internas sumadas a un profundo cuadro de depresión. “Se dejó morir”, decían quienes lo acompañaron hasta su último momento. “¡Tres muertos por una imprudencia!”, se lamentaban todos ya sin poder hacer nada para revertir lo sucedido.

El Chino hacía pocos días se había trasladado hasta San José para el entierro de su primo Seba, por lo que otra vez no podía pedir permiso para faltar en el trabajo. Sabía que no se lo iban a negar, pero también sabía que lo más  probable era que al regresar a la capital en su lugar ya hubiera otra persona, y en la situación económica que él se encontraba no se podía permitir algo así.

Pasaron como tres meses para que volviera a andar por el barrio. Era sábado de noche y como siempre se juntó con el Cabeza, juntos fueron a saludar a los padres de Richard y después se fueron a tomar algo. Pasaron un rato largo pero ya nada era igual.

El Cabeza, como siempre se mamó hasta las patas. Lloraba y gritaba a viva voz lo mucho que extrañaba a sus amigos ahora muertos. El Chino lo trató de tranquilizar sentándolo en una silla, y apenas vio que cabeceó vencido por el alcohol y el cansancio de todo el día, se despidió del resto de los parroquianos y se fue caminando, solo.

Cuando bajaba por calle Artigas rumbo al Boulevard Aparicio Saravia (ex Luis Alberto de Herrera) vio de frente que tres tipos y una mina bajita y de pelo negro largo doblaban en la esquina. Sintió que se le erizaba la piel cuando reconoció los rostros de los tipos…eran ellos…los del lío en el baile.

El Chino enlenteció el paso, apretó el culo y siguió caminando. Pensó en dar la vuelta y salir corriendo, pero si lo hacía seguro lo alcanzaban y lo molían a palos. Sintió que lo miraban y se percató que se balbuceaban cosas entre ellos.

-“Hasta acá llegué”- se dijo el Chino que, viéndose perdido sólo recordó lo que una vez le había dicho la vieja Rosaura en el bar: “Si algún día estás solo y se te acerca alguien que se vea peligroso juntá la yema de tus dedos pulgares y anulares y rezale a las almas benditas para que te protejan”.

Hasta ese momento poca pelota le había dado el Chino, pero perdido por perdido era la única arma que le quedaba. Lo hizo, siguió caminando derechito juntando la yema de sus dedos como le había indicado Rosaura pidiendo a “sus almas benditas” que lo cuidaran…sentía como se acercaban los tres tipos y la mina…silencio…se acercan…el corazón del Chino se le quiere salir por la boca. Hacía mucho no sentía tanto miedo…avanza él…avanzan ellos….quedan a la misma altura y…siguen…los pasos se alejan…se alejan un poco más….el Chino llega a la esquina del boulevard…gira levemente la cabeza sobre su hombro derecho…ve que nadie lo sigue…ahora sí: ¡a correr! No paró hasta llegar a la casa. Una vez en ella se acostó y se durmió hasta el otro día, domingo que almorzaría con sus viejos y después, en la tardecita, se iría en el ómnibus para Montevideo.

Indefectiblemente el tiempo pasa y si el mundo es chico mucho más lo es Uruguay. Fue así que años después, mientras el Chino se encontraba descargando un camión lleno de bolsas de papas en el mercado Modelo, escuchó que alguien le decía con tono jocoso: – ¿El sábado vas al Terremoto en San José?

Cuando el Chino conectó la cara con la voz no lo podía creer. El chofer del camión era, sorprendentemente, el flaco de la pelea, el mismo al que el Seba había dejado inconsciente. Ahora ninguno de los dos sentía miedo ni se ponía nervioso, había pasado mucho tiempo, aquellas habían sido cosas de gurises.

Mientras seguían descargando conversaron un rato. El Chino, sin especificar fechas, le contó sobre la tragedia de su primo y amigos, entre otras cosas el flaco le comentó que con la petiza morocha no se vio nunca más después de la juventud. Así estuvieron hasta que ya no hubo más bolsas para descargar.

Al final, cuando ya se despedían, el Chino se sacó una espina que tenía desde aquella noche cuando dejó al Cabeza en el bar y el regresó solo a su casa: Ché, ¿Por qué no me dieron una paliza cuando nos encontramos aquella noche en calle Artigas?

La respuesta lo dejó helado a él, a la vieja Rosaura que ahora escuchaba el cuento en el bar, y terminó por sacarle el pedo al Gato que salió de su postura de junco y abrió los ojos como el más lúcido de los humanos. El flaco le dijo:

“¡Que te vamos a pegar! ¿Qué querías, que tu primo me fajara otra vez? Como me miró ya me dio cagazo, aparte estaban los otros dos, el único que faltaba era el Cabeza. Ni locos los íbamos a provocar, mejor llegar enteros al baile. Apenas dimos vuelta la esquina y ustedes se perdieron arrancamos a correr”.

Dicho esto el flaco largó una carcajada, le palmeó el hombro al Chino, se subió al camión y arrancó.

El Chino dio media vuelta y automáticamente borró la sonrisa de su rostro, pues se acababa de dar cuenta que en realidad, nunca había caminado solo.

Esto lo escribió César Reyes

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